viernes, 29 de julio de 2011

UNA FUERZA TAN EXTRAORDINARIA ES DE DIOS


UNA FUERZA TAN EXTRAORDINARIA ES DE DIOS

Homilía de Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, con motivo de la fiesta Patronal de “El Señor Santiago Apóstol”.

Muy queridos hermanos y hermanas:

La festividad del Señor Santiago Apóstol, su Santo Patrón, nos invita ante todo a dar gracias a Dios por habérnoslo dado como modelo y como intercesor, porque, siendo nuestro mediador ante Él, podemos y debemos suplicarle que nos ayude a nunca perder nuestras raíces cristianas, y que nos ayude para que nuestra fe se fortalezca y para que la vivamos en la oración y en la caridad en la vida diaria.

La palabra de Dios que acabamos de escuchar nos motiva a todo ello y al mismo tiempo nos ayuda a conocer y a comprender aquello que ante los ojos de Dios y del mundo ha hecho grande e importante al Apóstol Santiago, seguidor de Cristo Jesús y Patrono de todos ustedes.

El Evangelio, aunque no menciona expresamente el nombre de Santiago Apóstol, sí nos habla indirectamente de él al presentarnos a su madre: “la madre de los Zebedeos”, es decir, de Juan y de Santiago, quien se dirige a Jesús para pedirle que conceda a sus hijos estar a su lado, en su Reino. Una petición que genera en los otros discípulos indignación, recelo y división y que, en todo caso, resulta sorpresiva.

Los hermanos aspiraban a formar parte del grupo más cercano en el Reino de Jesús. Y Jesús no rechaza ese deseo, pero les hace ver que lo que piden no es fácil; porque podrán ciertamente estar muy cerca de Él, pero no por la vía de los privilegios, sino porque tendrán que recorrer su mismo camino: "el Hijo del Hombre –dice Jesús-, no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos". Su misión, les dice a sus apóstoles, es de servicio y de entrega de la propia vida por el bien y por la salvación de todos los seres humanos, corrigiendo así la falta de inteligencia de los que soñaban en conseguir los primeros puestos en el Reino. Para ser parte de la comunidad de los discípulos de Jesús, es necesario estar dispuestos a beber su cáliz, participando de su pasión y de su muerte, para luego participar también de su gloriosa resurrección.

Tiempo después, Santiago Apóstol comprendió muy bien esto. Él, al igual que su hermano Juan, había sido uno de los primeros llamados por Jesús para que lo siguieran; pero, pasado un tiempo, fue el primero entre los apóstoles en beber del cáliz de Jesús, muriendo por su fe y por su fidelidad al Maestro.

En el libro sagrado de los Hechos de los Apóstoles se nos narra de manera breve la muerte del Apóstol Santiago, decapitado por orden de Herodes. El motivo fue, -según la opinión de Herodes- por haber llenado la ciudad de Jerusalén con las enseñanzas de Jesús, y -según la opinión de los apóstoles-; por haber obedecido a Dios, antes que a los hombres.

El mismo libro sagrado nos dice, además, que Herodes, viendo que el asesinato del Apóstol Santiago agradaba a los judíos, pensó también matar a Pedro, pero que a este el Señor lo libró porque aún tenía que cumplir una misión importante en Roma: predicar el evangelio y sucesivamente morir en cruz. Suertes distintas la de Santiago, la de Pedro y la de los demás apóstoles, pero todas igualadas por la fidelidad de cada uno a Cristo; fidelidad sellada con el testimonio de su sangre.

Una frase de los Hechos de los Apóstoles afirma con admirable sencillez que “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor” (Hch 4,33). Así, Santiago y los demás apóstoles se nos presentan como hombres audaces, "con mucho valor" que, como explica luego la segunda carta de San Pablo a los Corintios, es un valor, "una fuerza tan extraordinaria (que) es de Dios".

Valor, gracia de Dios y entrega de la propia vida por amor fiel a Cristo, son las características del singular camino de Santiago que lo han hecho grande e importante ante nuestros ojos. Un camino que es posible recorrer en la sencillez de la vida de cada día, también por nosotros. Porque, en efecto, también nosotros estamos llamados a superar el miedo o la tibieza con la cual a veces vivimos nuestra fe y nuestra vocación cristiana. También nosotros estamos llamados a lanzarnos a anunciar a Jesús, sobre todo en aquellos ambientes en los que no quieren se hable de Él, o no quieren oír hablar de Él. Anunciarlo, no porque seamos mejores que los demás, sino porque en la pobreza de nuestras vidas actúa la fuerza de Dios, y porque convencidos de esto podemos hacer de nuestra vida una entrega importante, un camino de servicio.

A nosotros nos toca seguir hoy el ejemplo de los apóstoles, ante todo, imitándolos en su entusiasmo por saber estar siempre con el Señor. Estar con Jesús, para conocerlo cada día más y para poder luego ofrecer un testimonio claro y valiente de que creemos en Él y en su Evangelio. Es este el mayor tesoro que podemos ofrecer a nuestros familiares, amigos y compañeros.

Para quienes creemos en Cristo, servir a los demás no es una opción sino parte esencial de nuestro ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo material y vistoso, sino por el amor que hace presente el amor de Dios para todos los hombres y mujeres, en toda circunstancia e incluso con los gestos más sencillos. Esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos seres en búsqueda, necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención.

Los hombres no podemos vivir en la oscuridad, sin ver la luz del sol. Y entonces, jamás deberíamos negarle a Dios, sol de las inteligencias, el derecho de proponer la luz que disipa toda tiniebla. Por el contrario, es necesario que Dios sea recibido bajo los cielos, que sintamos su presencia en la vida de cada día, en el bullicio del trabajo, en el ambiente familiar, en las relaciones de amistad y de comercio, en todo momento. Es necesario que nos abramos a Dios, yendo sin miedo a su encuentro en Cristo Jesús. En ese Cristo que podemos encontrar en la cruz, supremo signo de su amor. Cruz y amor, cruz y luz que han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el más grandioso testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien.

Santiago Apóstol no fue un super hombre, sino simplemente un hombre elegido y llamado por Jesús que se dejó llenar del "tesoro" de la fuerza de Dios. Santiago y los demás apóstoles fueron testigos de la valentía de Jesús al obedecer plenamente a Dios Padre; y con una valentía semejante también ellos supieron vivir obedeciendo a Dios y anunciando a Cristo en su integridad.

Hoy, queridos hermanos, en estos tiempos de cobardía también nosotros estamos llamados a llenarnos de la fuerza que viene de Dios. Un don que en esta Santa Misa queremos pedir al Espíritu Santo por intercesión del Señor Santiago Apóstol, cuyo nombre esta parroquia se ufana en llevar, teniéndolo como glorioso titular y patrono.

Permanezcamos firmes en la fe que hemos recibido y hagámosla valer ante nuestra sociedad. Llenémonos de valor y anunciemos con valentía, con el ejemplo, con la vida y la palabra, a Cristo. Llevemos a nuestros seres queridos, amigos y conocidos y a todo el mundo, la propuesta de vida de Jesús, su mensaje de reconciliación y de perdón. Porque sólo en Él se encuentra el sentido pleno de nuestra vida; sólo en Él el hombre puede ser salvado y conducido a la felicidad plena y eterna.

Queridos amigos, dirijamos una mirada esperanzadora hacia todo lo que Dios nos ha prometido y nos ofrece. Dirijamos, sobre todo, nuestra mirada de fe a Cristo Jesús, real y verdaderamente presente en la Eucaristía. Recibamos frecuentemente los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, porque sabemos, que no obstante nuestra debilidad, en nuestro ser de barro, son los sacramentos los que nos comunican la vida y la fuerza invencible de la resurrección de Cristo.

El mundo y la vida de las personas han cambiado mucho en los últimos tiempos. Nuevos problemas y nuevas necesidades surgen a nuestro alrededor. Todos percibimos que la vida de muchos de quienes nos rodean se encuentran afectadas por relaciones rotas, por heridas profundas en su corazón, por fracasos que les dificultan ponerse de nuevo en camino.

Trabajemos y oremos para que en nuestras familias, en nuestras ciudades y en el mundo entero Reine Cristo. Oremos y trabajemos para que el mundo mire a Dios. Oremos y trabajemos, porque la promesa de Jesús que siglos atrás anticipaba el salmista, es hoy actual: “los que siembran entre lágrimas, con gozo cosecharán”. Oremos y trabajemos, porque el Señor es capaz de hacer florecer el desierto y de cambiar el llanto en cántico de alegría: “Como cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también ahora nuestra suerte, Señor”, rezaba un desterrado que confiado añadía: “entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor. Al ir, iban llorando, cargando la semilla; al regresar, vienen cantando, trayendo sus gavillas”.

Les deseo una siembra copiosa que haga florecer su parroquia con su trabajo pastoral y misionero y que proporcione abundantes frutos de vida cristiana. El apóstol Santiago es su garante y su intercesor. Y a él encomiendo a cada uno de ustedes, a sus familias y seres queridos, a todos los devotos y fieles de esta parroquia. Que él les alcance, a todos, hoy y cada día, muchas gracias y bendiciones.