EL HOMBRE HA QUERIDO
REALIZAR SU VIDA SIN DIOS
Homilía de Mons. Luis Artemio Flores Calzada, obispo de Valle de Chalco, con motivo de la Peregrinación Diocesana a la Basílica de Guadalupe.
Muy queridos hermanos sacerdotes, religiosos (as), seminaristas y files laicos (as) de nuestra amada Diócesis de Valle de Chalco, estamos aquí en la casita de nuestra madre de Guadalupe, para dar gracias a Dios por el octavo aniversario de la erección de nuestra Diócesis, realizada por su Santidad Juan Pablo II, actualmente Beato.
El viernes pasado 8 de Julio alrededor de las 6 de la tarde, en la Colonia las Américas, Valle de Chalco, en un terreno baldío, cerca de las bombas de agua, a un lado de la calle Tezozomoc y la calle Acapol (que limita con el canal central) sucedió un acontecimiento trágico, desastroso y reprobable: llegaron unas camionetas con unos bultos, los testigos pensaban que eran bultos de basura, pero cuál fue su sorpresa que se trataba de seres humanos maniatados, los bajaron y los masacraron a tiros, eran once y un sobreviviente, ese mismo día asesinaron en Monterrey a 20 personas.
Estos acontecimientos nos ha entristecido y conmovido a toda la comunidad de Valle de Chalco, que nos preguntamos ¿hasta dónde estamos llegando? Con estas acciones totalmente inhumanas y quienes las han cometido se ve que son personas que se han deshumanizado, que ya nos les importa el valor y el respeto a la vida de sus semejantes, ni el dolor y sufrimiento que van sembrando en las familias y en la sociedad, su corazón se ha hecho de piedra, insensible. Ante estos escenarios trágicos, se vuelve a escuchar la voz de Dios: ¡¡Caín, Caín!! “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gen. 4,10).
A los pies de nuestra madre Santísima de Guadalupe es necesario recordar que el ser humano: hombre y mujer, salimos de las manos de Dios, somos su obra maestra, creados a su imagen y semejanza, creados por amor y para amar, para ser hombres de bien y establecer entre nosotros lazos de comunión y de fraternidad. Por el Bautismo nuestra dignidad es mayor: somos hijos amados de Dios, hermanos de Cristo y templos del Espíritu Santo.
¿Por qué entonces tanta maldad y tanta violencia? Porque el hombre ha quitado a Dios de su corazón, ha querido realizar su vida sin Dios, se ha dejado engañar por el afán de dinero, roba, mata, secuestra, por la lucha de las plazas de distribución de droga, se le olvida su dignidad y la dignidad de sus semejantes, se deshumaniza y quiere sembrar miedo, terror, sufrimiento, haciendo mal uso de sus potencialidades y de su libertad, actúa sin moral y sin escrúpulos.
Ante la realidad cruel y amarga de la violencia, siempre surge la esperanza, la luz, el mensaje de paz, de justicia y de amor, que la Virgen María nos comunicó en la persona de San Juan Diego: “sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. En donde lo mostraré, lo ensalzare al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva…porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores” (Nican Mopohua 26-29.32). ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? (Nican Mopohua 119).
María es la madre de Cristo, la madre del amor, pero también es nuestra madre, que ha querido se le construya una casita para estar cerca de sus hijos, escuchar sus penas y remediar sus males. María nos ha traído a Cristo el Príncipe de la paz, él ha derribado el muro que nos separa, el odio y ha hecho de nosotros un solo pueblo (Cf Ef. 2,16), “El es nuestra Paz” (Ef. 2,14). El ha venido a sembrar en nuestros corazones el amor que nos hace descubrir que todos somos hermanos, discípulos de Cristo :“este es mi mandamiento que se amen los unos a los otros, como yo los he amado" (Jn. 15,12) “en esto conocerán que son mis discípulos si se tienen amor los unos a los otros” (Jn. 13,35).
El Apóstol San Juan insiste en la importancia del amor entre los discípulos de Cristo: “Quién no ama permanece en la muerte, todo el que odia a su hermano es una asesino, y como saben ningún asesino tiene la vida eterna” (I Jn. 3,15) “el que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor” (I Jn. 4,8). El Apóstol San Pablo también nos exhorta: “sean imitadores de Dios como hijos queridos y vivan en el amor como Cristo los amó" (Ef. 5,1). El amor es la esencia de la vida Cristina, Dios es amor y al crearnos a su imagen y semejanza nos creó por amor y para amar, esta es nuestra identidad, esto es lo que nos humaniza y nos hace felices.
En Cristo no hay lugar para la violencia, él es nuestra Paz, y nos ha llamado a ser constructores de paz “Bienaventurados los que trabajan por la Paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5,9), además el profeta Isaías nos anima cuando dice: “que hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la Paz” (Is. 52,7).
Los invito a todos queridos hermanos y hermanas a ser constructores de paz, a sembrar el amor en el corazón de todos los niños, los jóvenes, las familias, los enfermitos, que nuestras familias sean verdaderas comunidades de vida y de amor; que nuestras parroquias sean verdaderos espacios donde se viva la experiencia de Dios, de fraternidad, que sean verdaderas casas y escuelas de comunión, que forjen ciudadanos cristianos constructores de Paz. Una atención especial merecen los niños y los jóvenes que son el potencial positivo de nuestra Iglesia y de la sociedad.
Felicito y alabo a los jóvenes de la selección mexicana sub 17, actualmente campeones del mundo, que con sencillez y valentía daban gracias a Dios ayer, públicamente por su triunfo en el estadio Azteca, rezando juntos “el Padre nuestro” y levantando sus manos al cielo.
¡Qué importante! es trabajar por una educación integral de los jóvenes en los valores humanos, intelectuales, deportivos, artísticos y cristianos, para que amen a Dios, a su Patria México, a sus prójimos y así tengamos ciudadanos responsables que algún día asuman con principios éticos, los cargos públicos.
Finalmente los exhorto a que difundamos pensamientos de Paz, sentimientos de Paz, gestos y lenguaje de Paz, además continuar con la oración por la Paz en nuestra Patria.
Que María Santísima Madre y portadora del príncipe de la Paz, nos llene de su amor y protección para que trabajemos por un México de Justicia y de Paz.
Que María Santísima Madre y portadora del príncipe de la Paz, nos llene de su amor y protección para que trabajemos por un México de Justicia y de Paz.